sábado, octubre 04, 2008

Club Ciudad de Buenos Aires, Argentina-2 de octubre de 2008
NINE INCH NAILS en el PEPSI MUSIC 2008

UN HALO POTENTE, ALUCINANTE Y ESTREMECEDOR

Luego de presenciar este show único en su especie, quedé sin palabras, y sigo sin ellas. Ni recurriendo a un diccionario puedo encontrar los adjetivos, sustantivos y verbos que necesito para describir lo que vi, lo que degusté, lo que me impresionó.

No solo hubo potencia roquera (“March of the pigs”, “Closer”), electrónica demencial (“The Warning”), calma absoluta (“zero-sum piano outro”) o efectos cinematográficamente futuristas (“The Vessel”). También, hubo, ¡Oh Dios mío!, encuentros con “otros mundos”, porque nadie podrá refutarme que lo que se vio en “Only” pertenece a otra dimensión: una pantalla gigante delante de los músicos, vista como un televisor que no capta señal, en estática, donde se forman agujeros negros cada vez que Trent Reznor (genio abosulto) canta, dejándose ver detrás de esa difusa manta. Nadie, absolutamente nadie, fue indiferente a esta demostración de poder sobrenatural.

Alberto Fuguet en su blog da algunas razones para ver un concierto de NIN. Después de haberlos visto aquí en Buenos Aires, durante dos horas, con el riesgo de una fisura en una de mis costillas, me permito agregar una razón más: VALE LA PENA VER A NINE INCH NAILS PORQUE PUEDES VIAJAR AL MÁS ALLÁ Y VIVIR PARA CONTARLO.
HENRY FLORES

*descarga el concierto

"the vessel"-Pepsi Music 2008:


"only"-Pepsi Music 2008:


Club Ciudad de Buenos Aires, Argentina-2 de octubre de 2008
BLACK REBEL MOTORCYCLE CLUB en el PEPSI MUSIC 2008

ROCANROLERO Y LISÉRGICO

Los Black Rebel Motorcycle Club inauguraron las noches internacionales del PEPSI MUSIC con una pequeña, pero potente, pirotecnia sónica. Robert Turner y Peter Hayes, intercambiando vocales, guitarras y bajos, se pasearon en el escenario como en su casa, por algo esta es la tercera vez que tocan, en solo un año, en estas tierras bonaerenses.

Sintiéndose locales, supieron poner el pie fuerte desde el arranque con una trilogía goleadora: "666 Conducer", "Stop" y "Berlin". Los que estuvimos allí, no nos quedó más remedio que dejarnos golear con cada ráfaga salida de esas cuerdas. La nueva baterista, Leah (The Raveonettes), le dio muy bien a los parches; desde los primeros tarolazos mandó al olvido al desaforado Nick Jago. “Took Out a Loan”, de su último disco Baby 81, sonó tan brutalmente garajero que hizo que nuestros cuellos se volvieran más flexibles que el de un avestruz.

El final fue una oda al desenfado musical y a la interacción con la gente: Turner lanzado sobre el público, sin despegarse jamás de su bajo, sin parar de tocar las notas de “Whatever happened to my rock n’ roll”, desvaneciéndose entre humos rojos. ¡Vuelvan cuando quieran muchachos!
HENRY FLORES
*
"Took out a loan"-Pepsi Music 2008

jueves, octubre 02, 2008

PEPSI MUSIC 2008


Por fin hoy comienzan las noches internacionales del PEPSI MUSIC 08 que se realiza en Buenos Aires (Argentina). La emoción se hace más grande con las horas cercanas a cada show. Serán seis días de pura música y pasión. A través de este blog los mantendré informado de TODO y si es que se puede subiré los audios respectivos.

A continuación la lista de las más importantes bandas que veré:
Jueves 2 de octubre:
Black Rebel Motorcycle Club
Nine Inch Nails
Viernes 3 de octubre:
Fito Páez
Dave Matthews Band
Sábado 4 de octubre:
The Cult
Ratones Paranoicos
Las Pelotas
Domingo 5 de octubre:
Andrés Calamaro
Loquillo
Aunténticos Decadentes

Sábado 11 de octubre:
Motlëy Crüe
Rata Blanca
Miércoles 15 de octubre:
Stone temple Pilots

domingo, setiembre 28, 2008


SERA CAHOONE
Only as the Day Is Long

En esta segunda entrega, Cahoone extirpa el western del country que nos endulzó su álbum debut. Su folk aún se mantiene melancólico y reflexivo. Teniendo al invierno boreal como aliado perfecto para crear este tipo de atmósferas musicales, no nos sorprenden los buenos resultados. Canciones como “You Might As Well” la definen como la heredera de Emmylou Harris, además, su delicado rasgueo acústico es capaz de conmovernos (“Baker Laker”) o engreírnos (“Trying”). Una de las canciones soñadas es “Runnin’ Your Way”: la mandolina se solidariza con el violín y la slide guitar a mitad del tema, para protagonizar juntos uno de los mejores y más deliciosos arreglos de este disco. Una joyita del noroeste gringo.
HENRY FLORES


THE GUTTER TWINS
Saturnalia

Cada vez que Mark Lanegan protagoniza un nuevo acto en solitario o acompañado (después de Screaming Trees), la expectativa es poca. De antemano ya sabemos, con certeza, que algunas de sus nuevas canciones, o quizás todas, serán oscuras. El compositor y cantante Greg Dulli, su nuevo compañero de aventuras, toma esa huella conocida y predecible de Lanegan, la arrastra y le agrega lo etéreo o fantasmal (“God’s Children”), lo angustiante (“Circle The Fringes”) y en algunos casos lo terrorífico (“Idle Hands”). Pero, ¿a qué precio? Pues, el de ser solo un virtuoso instrumento al servicio de Saturnalia. La personalidad del disco, sin lugar a dudas, es la de Mark.
PAUL EDUARDO R.

FLIGHT OF THE CONCHORDS
Flight of the Conchords

Este dúo de cómicos neozelandeses, cuyo programa en HBO es todo un éxito, ha sabido mostrarse como un grupo musical digno de ser tomado en cuenta. En este debut encontramos canciones de soul, soft rock, pop electrónico, funky, hip hop y hasta bossa nova. Un disco lleno de parodias y payasadas, con canciones que funcionan, que no se apoyan en el recurso fácil de las bromas, porque independientemente de sus letras e histrionismos, tienen melodías convincentes y bien construidas. Perlitas como “Think About It” o “Ladies of The World” le deben mucho a Marving Gaye y Bee Gees. “Robots” tiene un “solo de guitarra” de antología, hecho con una voz robótica que repite “unos y ceros” compulsivamente. Muy recomendable contra el estrés.
HENRY FLORES
*
THE INDELICATES
American Demo

Estos ingleses han hecho un disco atractivo de pop rock, fácil de taradear, con algunas partecitas musicales deliciosas apenas imperceptibles si uno no se coloca los audífonos. Un intro de música clásica (“New Art for the People”) que sirve como preludio a unos riffs graves y rítmicos, con toques de teclados, y una voz urgente, nos dice que buscan variedad. Aunque cientos de bandas hacen lo mismo, su verdadera ventaja estriba en la conjunción de las voces de Julia Clark-Lowes (ex The Pipettes) y Simon Clayton. “Last Significant Statement” o “Julia, We don`t live in The 60’s” son claves para entender el proceso creativo de este dúo que hace canciones cuyos núcleos son chicles melódicos. Si un tema desde su esbozo no pega, no se adhiere al oído, simplemente se desecha.
PAUL EDUARDO R.

viernes, setiembre 26, 2008

THE RACONTEURS
Consolers of the Lonely


En el rock ya no hay nada nuevo. De todas maneras, es grato escuchar a bandas que evolucionan, que se muestran más seguras y cohesionadas en cada aventura que se embarcan. En el caso de The Raconteurs, hay motivos de sobra para festejar. Su debut Broken Boy Soldiers (2006), con excepción de un par de temas, adolecía de una falta de nervios y pasión. Aquí, saldan con creces todo lo pendiente, todo lo que se esperaba de ellos. Los nervios, en los riffs acelerados, cortantes y caóticos de canciones urgentes como el single “Salute Your Solution”, “Five On The Five” o la desbocada “Hold Up”, que tienen la marca registrada del Icky Thump (última aventura del guitarrista Jack White al frente de The White Stripes). La pasión, en los parajes bluseros, añejos, a veces barrocos, de temas como “Carolina Drama” y “Top Yourself”. Ya no tienen que convencer a nadie, misión cumplida.

Pero ahí no queda la cosa, y ese el gran mérito de este álbum: ir más allá de toda expectativa. Lo mejor, lo que sorprende, es lo que no tiene mucho que ver con el conocido sonido Stripe, y en esto, juega un papel clave el guitarrista y cantante Brendan Benson, el otro líder. Sus canciones son, al menos en las que más canta, sabrosas mezclas azeotrópicas con ingredientes de The Band, The Byrds, Led Zeppeling y The Beatles. “You Don’t Understand Me” y su piano protagonista, a medio tempo, se ve enormemente favorecida con sus voces sacadas del Abbey Road. En “Old Enough”, la guitarra acústica sirve de preludio a un violín maestro que transforma la canción en un aperitivo country rock con teclados funky. La sección rítmica conformada por el baterista Keeler y el bajista Lawrence, tiene su canto de cisne en la cadenciosa “The Switch and The Spur”, el riff principal lo aporta el bajo. Y para redondear el asunto, la reflexiva “Many Shades of Black” tiene el mejor solo de guitarra: apasionado y suplicante como un novio rechazado. Lección aprendida: cuando las cosas se hacen con discreción y sin muchas especulaciones, los buenos resultados caen por su propio peso.
HENRY FLORES

miércoles, setiembre 17, 2008

G3

Un Nuevo Enemigo
Mundano Records

Corría marzo de 1987 y en los estudios de Gerald Paz temblaba el piso. Un power trío llamado G3 remecía el lugar a punta de baquetazos y riffs acelerados. Grababan Un Nuevo Enemigo, su primer demo. Placa que contribuyó en afianzar la presencia del hardcore punk en la juventud peruana; y de paso les tapó la boca a algunos roqueros subterráneos que los calificaban peyorativamente como “pitu punks” por sus procedencias de clase media alta. Veinte años después tenemos la suerte de contar con una nueva edición remasterizada que respeta las mezclas originales, tanto en CD como en vinilo (¡zarpado!). Misiles como “Antisocial” o “Utilizado”, al margen del sonido poco profesional, todavía machacan como taladros. Redescubriendo a “Traicionado”, el mejor tema, identificamos el derrotero que siguió esta banda en su evolución con los años, a nivel instrumental y vocal, hasta los penosos días de su separación. G3 supo mantener el espíritu inconformista y pujante de esta maqueta hasta el final de su discografía. Por méritos propios son considerados todo un clásico del rock peruano y un referente del punk sudaca.
HENRY FLORES

jueves, setiembre 11, 2008

WHITESNAKE
Good to Be Bad

Terminó la sequía de diez años. El viejo Coverdale con su “nueva banda” desde hace un lustro, por fin tuvieron su verdadera prueba de fuego en los estudios. David en la voz todavía se da mañana para sonar decente y potente. Gran aporte el de Doug Aldrich, talentoso guitarrista que comparte la coautoría con el cantante. El resultado, un álbum equilibrado entre su orgulloso hard rock blusero (“Can You Here the Wind Blow”, “Call On Me”) y el heavy metal (“Best Years”). Lástima que no se olvidaron de incluir la típica balada popera en plan metal (“All I Want All I Need”), puesta de moda en los ochentas por varias peluconas con testosteronas. Un retorno decente.
HENRY FLORES



WHAT MADE MILWAUKEE FAMOUS
What Doesn’t Kill Us

Si pensaste que su admirado debut, Trying to Never Catch Up (2006), era insuperable, no te equivocaste. ¿Pero imaginaste que el siguiente estaría al mismo nivel? Este quinteto de Texas todavía conserva la fórmula correcta para revisar y renovar el pop rock, seccionándolo y transformándolo en canciones sólidas, adhesivas y entrañables. Por ejemplo en “Blood, Sweat and Fears”, los power chords lentos e incandescentes le dan carne a su esqueleto pop. Un tema como “Sultan” puede ser escuchado decenas de veces sin empalagar; además, la perfecta “For The Birds” debe ser la envidia de muchas banditas indie. Y si todavía crees en el mito trillado del “difícil segundo álbum”, sentirás esto como una patada en el trasero, ¡despierta menso!
NOEL MIRÓ QUESADA

domingo, setiembre 07, 2008

COUNTING CROWS
Saturday Nights & Sunday Mornings

Estamos ante una grabación anfótera, fluctuante entre el rock y el country-folk. En la primera parte, Saturdays Nights, roquea con vehemencia interpretativa (“1492”), creando un ambiente de fiesta nocturna; aunque líneas melódicas más reposadas y definidas tipo “Los Angeles” o “Sundays” siempre han sido el fuerte de este sexteto. Con la acústica “Washington Square” comienza la segunda parte, la que corresponde al día domingo, al del reposo y reflexión, pero también de nostalgias y angustias. Incluyen inquietantes arreglos folclóricos de armónica, mandolina y piano, como en la indeleble “When I Dream of Michelangelo” o la suplicante “On a Tuesday in Amsterdam Long Ago” (desteñida con algunas exageraciones vocales). Al final retoman el rock con “Come Around”, cerrando el circuito, listo para ser recorrido otra vez.
HENRY FLORES

THE BLACK KEYS
Attack and Release

Ya están por el quinto álbum y las buenas ideas no se les agotan a este minimalista dúo de guitarra (Dan Auerbach) y batería (Patrick Carney). Su garage-blues rock, reconocido y admirado, se expande hasta rozar, penetrar y robar retazos de las membranas del folk (“Remeber When”), la sicodelia (“Psyhcotic Girl”), el soul (“Oceans & Dreams”) o el Rythm & Blues, estos dos últimos producto de su asociación con el malogrado Ike Turner. Continuando su propia tradición, canciones brutalmente bluseras como “I Got Mine” o “Strange Times” tienen esa belleza primitiva, cruda y de baja fidelidad, que hacen que por instinto quieras formar una banda de rock. El minimalismo sigue vigente.
LUIS MADUEÑO

miércoles, setiembre 03, 2008

La Ciudad y los Perros (1962)
Mario Vargas Llosa

Descripción
“La Ciudad y los Perros” es la primera novela que publicó el genial escritor peruano Mario Vargas Llosa. Retrata con fluidez y convincente crudeza la vida de los cadetes estudiantes del colegio militar Leoncio Prado. Sus vivencias, los maltratos que sufren y que cometen, sus vicios, sus aberraciones, sus peleas, su compañerismo, etc. Además, muestra como una malentendida educación con disciplina militar traducida en la subordinación absurda -los de quinto y cuarto grado tienen "derecho" de hacer lo que quieren con los de tercero(los perros)- y el machismo exagerado, pueden afectar de distintas maneras a los adolescentes: unos serán abusivos y malditos, otros cobardes, sumisos y temerosos; y otros egoístas e indiferentes al dolor ajeno.

Los personajes principales son el Jaguar (el líder y el más abusivo de todos, y posible asesino del Esclavo), el Esclavo (muchacho de carácter débil, todos abusan de él) y el poeta (álter ego del escritor, muchacho que se gana los cigarrillos escribiendo novelas eróticas para sus compañeros, único amigo del Esclavo). La trama principal sigue la siguiente línea: comienza con el robo de un examen - el descubrimiento del culpable - el asesinato del soplón- la denuncia del “asesino”. También encontramos las pequeñas historias de los protagonistas antes de ingresar al colegio militar, lo que los motivó a ser cadetes. Teresa es el único personaje, fuera del colegio, que tiene importancia; al final se sabrá que ella está relacionada con los tres personajes principales.

Primeras Impresiones
Novela impactante, por ratos cruda, amena, emocionante (notable la competencia de jalar la soga entre los de cuarto y quinto), instructiva. Sorprende la fluidez narrativa y el trabajo arquitectónico en la construcción del lenguaje de un debutante Vargas Llosa. Con elementos de la realidad recrea una nueva. Uno llega a creer que TODO lo descrito en aquel colegio en verdad ha ocurrido. La vida pre cadete del Esclavo da pena y lástima. Su temor y rechazo hacia su padre y la aceptación de ir a ese colegio solo por alejarse de él, conmueve, y nos invita a la reflexión sobre nuestras relaciones familiares.

Después de leerla mi rechazo a los militares se ha incrementado aún más. Es inevitable desear que ningún familiar o conocido nuestro estudie en un colegio similar, porque no quisiéramos que lo maltraten, tampoco que aprenda a obedecer sin criterio, como autómatas, poniendo en riesgo su integridad física y moral, y la de los demás.
HENRY FLORES

escenas de la adpatación cinematográfica de esta novela:

miércoles, agosto 20, 2008

A propósito de "Shine a Light"
MARTIN SCORSESE, THE ROLLING STONES Y EL CINE


Escribe: Rogelio Llanos Q.


I. Una gran expectativa y un gran deseo

No podemos negar que teníamos mucha curiosidad por ver la última película de Martin Scorsese, y que esta curiosidad se sustentaba en el recuerdo de ese hito instalado por el neoyorquino allá en 1978 cuando en complicidad genial con Robbie Robertson legó a la posteridad esa obra maestra que fue El Último Rock (The Last Waltz, 1978). ¿Habría superado ese listón tan alto ahora en compañía de Jagger y sus secuaces? Los periódicos y el Internet nos traían noticias bastante buenas sobre Shine a Light, pero el entusiasmo nunca llegaba a desbordarse. Es más, leímos una nota en la que se reconocía abiertamente que la inspiración de Scorsese no había estado a la altura de cuando filmó el concierto de despedida de The Band.

Tales notas contribuyeron a incrementar nuestras expectativas, pues en honor a la verdad cuando se estrenó El Último Rock, las notas fueron muy escuetas e incluso algunas críticas –como las de la revista Cinemateca Uruguaya- no fueron tan halagüeñas, llegando a decir, incluso, que había demasiada música en el film. A pesar de ello, nuestro entusiasmo, luego de ver la película, fue tal que acudimos a ver la cinta muchas veces –ya perdimos la cuenta- en el viejo Cine Country y en las funciones de cine club en las que fue programada por los amigos de Hablemos de Cine, quienes, además, en su momento, y posteriormente, llegaron a escribir los textos más hermosos sobre ella. Gracias Fico, gracias Ricardo.

Pero, de otro lado, nuestra curiosidad iba a la par de el gran deseo de saber que Marty había agregado a su valiosa filmografía otra película notable. Marty es del tipo de cineastas que nos cae bien no sólo por su talento que se traduce en filmes inteligentes y bellos, sino por su declarada pasión por el cine que se manifiesta en sus múltiples actividades vinculadas a la conservación del legado fílmico de los grandes y pequeños maestros de las imágenes. Y últimamente, hasta antes de No Direction Home (2005), ese invalorable documento fílmico sobre Bob Dylan, al buen Marty no le había ido bien en sus últimas aventuras tras la cámara. Incluso Los Infiltrados (The Departed, 2006), a pesar del Oscar y de algunos buenos tramos, el cineasta no llegaba a las cotas alcanzadas en sus mejores momentos. Nuestro deseo ahora, era verlo triunfar una vez más.

Pues bien, no retrasaremos más nuestro juicio sobre Shine a Light y diremos con alegría desbordante que nuestras expectativas no han sido defraudadas. Hemos visto la película dos veces con motivo de su estreno en el Festival de Cine de Lima y la volveremos a ver durante su estreno comercial que se anuncia para la siguiente semana. Creemos que eso dice mucho de lo que la película nos ha impactado. Que si es mejor o no que El Último Rock no tiene mucha importancia ahora y, en todo caso, el lector de esta nota lo descubrirá a lo largo de estas líneas. Y es que el atractivo de la cinta radica, como fuera en el caso de El Último Rock, en la confluencia de un cineasta sensible y apasionado y una banda de rock que para muchos es la más grande de todos los tiempos.

II. El cineasta

Estamos de acuerdo con la mayoría de críticos en que los resultados obtenidos en los últimos films de Martin Scorsese - Pandillas de New York (Gangs of New York, 2002), El Aviador (The Aviator, 2004) o Los Infiltrados, – no están a la altura de lo que hizo en el período que va entre los setenta y mediados de los noventa. Cierto. Pero, tampoco llegan a la infamia. Vamos. No han faltado quienes han levantado el dedo acusador para decir que Marty estaba en plena decadencia, olvidando que el talento demostrado en Calles peligrosas (Mean Streets, 1973), Taxi Driver (1976) , Toro Salvaje (Raging Bull, 1980) o El Último Rock no ha sido comprado, que puede ocultarse por un tiempo, quizás, pero que en los cineastas de estirpe –y Scorsese lo es- puede aflorar en cualquier momento. Y, además, Marty con lo realizado, hace rato que ya figura en lugar preferencial en la historia del cine. Ciertamente, una crisis creativa ha estado afectando al gran Marty, que le impidió encontrar la inspiración necesaria para reeditar aquellos esfuerzos que lo condujeron de manera admirable a la creación de universos inolvidables y excesivos en los cuales sus personajes oscilaban entra el humor y la anarquía, la contención y la violencia.

Recordemos que para Scorsese, cada film suponía la inmersión en una espiral descendente hacia el infierno mismo, travesía necesaria para alcanzar luego la redención. Travis – De Niro (Taxi Driver), La Motta-De Niro (Toro Salvaje), The Band (El Último Rock), Paul Hackett-Griffin Dunne (Después de Hora, After hours, 1985), Henry Hill-Ray Liotta (Buenos Muchachos, Goodfellas, 1990) o el mismo Cristo en La Última Tentación de Cristo (Last Temptation of Christ, 1988), son los paradigmas de este duro itinerario vital que nos es mostrado sin complacencia alguna, pero sin que esté ausente en la mirada del director ese gesto de comprensión y espontaneidad frente a sus atribulados personajes.

A partir de estos filmes, Scorsese tendió un puente bastante sólido con el espectador. Su cine, con momentos de extrema violencia en el que los colores rojos llegaron a ser su distintivo, alcanza inevitablemente una belleza que nos envuelve, que nos fascina porque podemos atisbar a través de esas imágenes, el corazón sensible y generoso de un director comprometido hasta la médula con su universo, enamorado –como Truffaut- de sus actores, actrices y personajes y nos impulsa a conocer más de aquel hombre que ama a New York, que le encanta el rock y que, por sobre todas las cosas, ama al cine.
III. La música y el cineasta

Mick Jagger y Martin Scorsese son contemporáneos. Por tanto, Scorsese creció a la par que el rock, admirando no solo a los Rolling Stones, Bob Dylan y The Band sino, desarrollando, además, un conocimiento y un cariño especial por la música en general. No olvidemos la ascendencia italiana de Scorsese, en la cual hay una rica tradición musical a la cual el cineasta se ha rendido inevitablemente.

Por ello, cuando tras la crisis proveniente de los primeros fracasos en el cine - Who’s That Knocking at my Door (1967) con sus referencias a la Nueva Ola francesa resultó desconcertante para la época)- fue convocado por Michael Wadleigh para conformar el equipo de filmación de Woodstock (1970), aceptó de inmediato. El reto fue tremendo: darle un cierto orden a las 81 horas de grabación del fenomenal concierto. El resultado ya lo conocemos: un retrato de la generación de los sesenta visto a través de intérpretes y bandas que se prodigaron en el escenario durante tres días en los que, efectivamente, hubo mucha música, mucho amor y no siempre paz. El pulso Scorsesiano es posible tomarlo en el segmento dedicado a Sly and the Family Stone.
Pero ese gusto por la música pronto se manifestaría en sus propios filmes trabajando sobre la banda sonora. Nunca olvidaremos ese momento de Calles Peligrosas en que Johnny Boy, la primera aparición de De Niro en un film de Scorsese, entra en ‘ralenti’ al bar que administra Tony, el otro protagonista del film. El Jumping Jack Flash de los Stones suena grandioso, pero también inquietante, define al personaje y crea una atmósfera especial. La música en Calles Peligrosas cumple una función vital, pero también es el reflejo de aquel viejo recuerdo de su Little Italy al compás de aquellos acordes que sonaban por sus calles. Este film, impregnado de la violencia vista o vivida, es sazonado con esa música italiana que servía de fondo a los turbios negocios de los pequeños o grandes mafiosos que poblaban el lugar, pero también el rock servía de marco a la dura aventura cotidiana de la supervivencia en ese pequeño mundo de los ítaloneoyorquinos. Be my Baby, Tell me, Jumping Jack Flash o Please, Mr. Postman sonaban en momentos claves de un film que ya anunciaba al Scorsese apasionado que pronto nos sería familiar.

New York, New York (1977), según cuenta Scorsese, fue el homenaje a la música de su padre. La narración de Francine Evans (Liza Minnelli) y Jimmy Doyle (Robert De Niro), ella cantante y él saxofonista, es en verdad una historia de una relación musical y de los encuentros y desencuentros sentimentales de una pareja. Es también una historia de ascenso y caída, de amores apasionados y de celos inevitables. Conflictos personales que revelan un contexto signado también por la aparición de nuevas corrientes musicales que con Charlie Parker a la cabeza pondría en solfa a las grandes bandas que predominaron hasta el fin de la segunda guerra mundial. Inolvidable Liza Minnelli en la interpretación de But the World Goes Round de claras resonancias cinéfilas (por el recuerdo de Judy Garland), pero también potentísima en sus connotaciones y alusiones a la historia misma que el film relata.

El Último Rock, en cambio, es la música de su generación. Es su música. Que, además, significó para el Marty deprimido por la mala acogida del público de su New York New York, la posibilidad de encontrar una salida a su crisis emocional y afectiva. El Último Rock se planteó inicialmente como la filmación del concierto de despedida de The Band, pero terminó convirtiéndose en un testimonio valioso y entrañable de la música de una generación, siendo, además, una melancólica reflexión sobre el paso ineluctable del tiempo. El film fue estructurado como para privilegiar la presencia del grupo y sus invitados en el escenario, teniendo como complemento algunas tomas en estudios y otras dedicadas a entrevistar a los miembros de la banda. El film resultó sabiamente equilibrado y la calidez de la mirada se deslizó por cada plano que fue preparado con antelación y en estrecha colaboración con el líder de The Band, Robbie Robertson. Para nosotros resulta muy difícil establecer qué momento es el mejor en este film que, tras cada visión, resulta muy rico en hallazgos y nos motiva a amarlo cada vez más. El encuentro con Robbie Robertson llevó al buen Marty al disfrute de una nueva y feliz colaboración con el guitarrita de The Band: la banda sonora de El Color del Dinero (Color of the Money, 1986), suerte de continuación de El Audaz (The Hustler, 1961, Robert Rossen). Una historia de aprendizaje, de farsas y engaños y una visión penetrante de los comportamientos humanos en ese universo competitivo e implacable de los jugadores de billar. Robertson seleccionó para el film una música exquisita que iba desde el Va! Pensiero de Verdi hasta el It’s in The Way That You Use It de Eric Clapton.

Buenos Muchachos y Casino (1995) también contienen una gran banda sonora en la que se mezclan ritmos y géneros musicales, no en mezcla caprichosa o al azar, sino como producto de experiencias vividas o con el ánimo de recrear atmósferas o apuntalar historias. En éstas, como en otras películas del neoyorquino, los temas de The Rolling Stones están presentes: Monkey Man, Gimme Shelter, Memo from Turner, en Buenos Muchachos y Long Long While, (I Can’t get no) Satisfaction, Heart of Stone, Sweet Virginia, Can’t you Hear me Knocking? y Gimme Shelter, en Casino.
No Direction Home, el soberbio documental de Scorsese sobre el Dylan de los sesenta, no hizo sino ratificar la estrecha relación del cineasta con el mundo de la música y sus protagonistas. Algo más para concluir esta sección: Scorsese es quien mejor ha filmado a Dylan en el escenario, es el único que ha accedido con inspiración al mundo de The Band, dando el mejor testimonio de la amplia paleta musical norteamericana , y es el que mejor ha hurgado en los predios íntimos de un artista contemporáneo y difícil como es Bob Dylan.

¿Podría haber un mejor director para Shine a Light?

IV. The Rolling Stones en el Cine

Conservo un vago recuerdo de Gimme Shelter (1970), aquella película que intentó dar cuenta del tour de 1969 de los Stones, pero que alcanzó una mayor notoriedad porque capturó de manera oportuna los sucesos ocurridos en Altamont: el asesinato de uno de los concurrentes al concierto a manos de uno de los Hell’s Angels, contratado como guardaespaldas del grupo musical. El film, realizado por Albert y David Maysles, conserva, pues, su interés básicamente por el registro de los luctuosos sucesos, más que por la presentación de la banda misma.
Sympathy for the Devil (1968) es ya otra cosa. Se trata de un film realizado por Jean-Luc Godard, el más subversivo de los cineastas de la Nueva Ola francesa, y también, quizás, el menos accesible. Sympathy…es un film en el que podemos ver en secuencias alternadas, a los Rolling Stones en pleno proceso creativo del tema que da título al film, a los Panteras Negras que, con las armas en la mano, parecieran estar en disposición de entrar en combate, a una librería en donde es posible adquirir comics o panfletos marxistas y donde, irónicamente, se ejecuta el saludo nazi. Godard hace en este film ensayo un repaso por todos aquellos tópicos que le preocupaban en ese momento y que la canción, -el diablo ante la obra maldita de un mundo en disolución- aludía de una u otra manera. Para Godard, los Stones y su rebeldía iban a tono con los agitados tiempos en el que se movían.
Let´s Spend the Night Together (1983) es una nueva incursión de los Stones en el cine, gracias al empeño –no siempre logrado- de un cineasta cuya valía quedó demostrada en filmes como El último Deber (The Last Detail, 1973) o Esta Tierra es mi Tierra (Bound for Glory, 1976), film este último dedicado a recrear la vida del cantante folk Woody Guthrie. Nos referimos al eficiente Hal Ashby, que intentó recuperar para la posteridad a los Stones en el escenario durante su tour por América en 1981. Un momento logrado: Let it bleed, donde las cámaras de Ashby se esmeraron y obtuvieron unas formidables imágenes de conjunto con un Jagger, guitarra en mano, inspirado. Y lástima, el Time Is On My Side iba por buen camino, pero súbitamente, Ashby, lo echa a perder al intercalar imágenes de archivo de los Stones y del contexto violento en el que surgieron rompiendo la estructura y quedando el documento como una isla en medio de todo el film. De todas maneras, Let’s Spend… llega a ser un documental rescatable que muestra al fenómeno Stones en su medio: el espectáculo, las multitudes.

V. Shine a Light, Scorsese y los Stones

No es pues la primera vez que los Stones enfrentan las cámaras cinematográficas con el declarado propósito de hacer un film sobre su quehacer musical. Sí es, en cambio, la primera vez que aceptan confinarse en un lugar relativamente pequeño con el declarado propósito de ser captados de cerca por las casi veinte cámaras en el momento de su transformación en hombres del espectáculo. Porque eso es Shine a Light a final de cuentas: la captura del artista en ese momento único e irrepetible que se da en el escenario, cuando está solo con su arte, entregado a su oficio, concentrado en dar todo de sí, cuando ha llegado la hora de fascinar a su público con aquella creatura que ha forjado tras duras horas de ensayo y esfuerzo, mientras, como dice Cortázar, la música se pasea por la piel y se incorpora a la sangre y a la respiración.
Si bien Shine a Light se inicia como el documental de un director que pasa una serie de apremios para poder captar al objeto de su arte, luego, ese objeto se apodera del espacio y reclama su contemplación. Scorsese bien lo sabe. No hay trampa alguna en ello. Pero quiere darnos su testimonio, antes de que la primera canción haga burbujear la sangre de los espectadores dentro del Beacon Theatre de New York como de aquellos que verán las imágenes de su película allí donde sea estrenada.

No es fácil dominar al animal salvaje que rugirá en el escenario. No es nada sencillo preparar el auditorio y hacer que el animal siga las pautas de un guión preparado al detalle, con la pulcritud y la sapiencia de un Scorsese al borde de perder la paciencia. Todos sus esquemas son rechazados, todas sus posibilidades se verán alteradas ante la anarquía y el capricho de un Jagger consciente de que las cámaras y los cineastas deben estar a su servicio y no al revés. Y Jagger juega con su presa, la mantiene en tensión, le complica el trabajo, le niega la posibilidad de estructurar a plenitud la puesta en escena, precisamente a un cineasta que se caracteriza por planificar con el máximo detalle las escenas que va a filmar. Como hizo con Robbie Robertson y que dio como fruto las más bellas imágenes que se hayan filmado en un concierto de rock. Sin duda, todo un reto para el buen Marty, que estuvo a la altura del desafío y nos entregó un testimonio inolvidable de esta banda mítica.
Sabemos la estrecha relación de Scorsese con la música y sus intérpretes desde los momentos inaugurales de su carrera cinematográfica. Luego de su notable No Direction Home, y su declarado interés en seguir por la senda del documental musical, no era muy difícil hacer conjeturas acerca de quién podría ser el protagonista de su próximo film. The Rolling Stones siempre estuvieron presentes en sus películas; era, por tanto, explicable que intentara perennizarlos en imágenes, no a la manera de un Dylan, por ahora más expresivo, más abierto y más dispuesto a dar luces respecto a un pasado en el que la ficción y la realidad se han confundido a plenitud, pero sí a través del quehacer de su arte en el momento mismo de su ejecución.

Sin posibilidad alguna de planificar tal o cual escena o secuencia, a Scorsese no le quedó otra alternativa que sembrar de cámaras el pequeño recinto a fin de poder tener la oportunidad de ingresar a la entraña del monstruo. Para ello contó, una vez más, con Robert Richardson en la dirección de fotografía (antes trabajó con él en El Aviador, Vidas al Límite (Bringing Out the Dead, 1999) y en Casino; pero, además, Richardson fue el responsable de la imagen en los dos Kill Bill de Tarantino) y a cargo de todo un selecto grupo de camarógrafos, que cumplieron una labor excepcional, y de los cuales pudimos reconocer en los créditos a los siguientes: Robert Elswitt (Petróleo Sangriento, Michael Clayton, Buenas Noches Buena Suerte, Magnolia), Ellen Kuras (Lou Reed’s Berlin), Andrew Lesnie (El Señor de los Anillos), Emmanuel Lubezki (El Nuevo Mundo), Declan Quinn (director del extraordinario vídeo Magic & Loss de Lou Reed) y John Toll (Casi Famosos, La Delgada Línea Roja, Corazón Valiente). Sin duda, uno de los grandes lujos de esta película fue contar con estos maestros de la fotografía que siguen los pasos de los inolvidables Michael Chapman, Laszlo Kovacs, Vilmos Zsigmond, David Myers, Bobby Byrne, Michael Watkins e Hiro Narita (1), y cuyos resultados, en términos de imagen, han sido, indudablemente, brillantes.

No le fue, pues, mal a Marty. Y nos imaginamos que, con tan grata compañía, en el reducidísimo tiempo entre la recepción del set list y los primeros acordes del Jumpin’ Jack Flash, las decisiones de qué planos tomar en este arranque del concierto no fueron difíciles. Presumía que iban a comenzar con un tema potente, y eso ya lo había discutido con sus técnicos. Intuía que Jagger se inclinaría por un directo al corazón y Jumpin’…lo era, sin duda. Se produce la descarga de la banda y Scorsese nos sorprende con un montaje nervioso que transmite fielmente el ritmo de la música, que nos contagia su fascinación por los movimientos de un Jagger dispuesto a no dar tregua, que nos hace saber su encanto por esta longeva banda que hace lo suyo con maestría desde la primera nota.

No, la de Scorsese no es una visión neutra que registra desde fuera lo que sucede en el escenario. Por el contrario, es la visión de un cineasta que, con total conocimiento de la música que está sonando ha decidido jugárselas metiéndose en el escenario, conviviendo con los artistas, y disfrutando de aquellos momentos inspirados: la maravillosa sección de vientos en All Down the Line; la interpretación sensible de Jagger de As Tears Goes By y el recuerdo de su primera canción; la conexión del público con los músicos en Brown Sugar; la imagen privilegiada de un Keith Richards solitario, convertido en viejo pirata, en su notable versión de You Got the Silver, o el mismo Keith abrazando su guitarra y diciendo que el escenario es su territorio, que sólo allí pueden ser ellos mismos.
Hay, pues en Shine a Light muchos momentos privilegiados, pero si tuviéramos que escoger un segmento del film, nos inclinaríamos por el correspondiente a Champagne & Reefer, un tema del viejo Muddy Waters: allí, las sonrisas cómplices de Keith Richards, Ronnie Wood y Buddy Guy son captadas maravillosamente por la cámara, la concentración y mirada expectante de Buddy Guy mientras pulsa las cuerdas de su guitarra captadas en un hermoso primer plano del viejo bluesero nos pusieron la piel como carne de gallina y nos transportó a esos grandes momentos de acentuado lirismo de El Último Rock. Y aún seguimos fascinados con el recuerdo de los singulares planos de conjunto del mismo bluesero y la banda, con un Jagger integrándose a ellos como un músico más, mientras responde con la armónica a los desafíos virtuosos de uno de sus maestros. Jagger dejó, de pronto, de ser el clown, el showman. Se transformó en el músico hechizado y sometido a la belleza de la música. Y por ello se entregó con toda su alma a sacarle los más hermosos sonidos a esa armónica que nunca sonó más dulce y más melancólica como en aquel momento. Allí, qué duda cabe, el cine y la música volvieron a reinar.

Shine a Light es el resultado de la filmación de dos conciertos que los Stones dieron en el Beacon Theatre. Hasta donde hemos podido saber, Scorsese ha dado preferencia al material obtenido en el segundo, dejando del primero, entre otros segmentos, el de la presencia de Clinton y su familia, imágenes que, al margen de simpatías políticas, contienen cierto humor, cierto sarcasmo, por la misma irreverencia de los músicos. Que Scorsese haya decidido incluirlas en la versión final de su película sólo se explica por el hecho de que el dinero de Clinton y de sus allegados contribuyó a hacer posible el concierto y, por ende, la filmación.

La inserción de material documental que registra los comienzos de los Stones, a través de entrevistas a sus miembros, le confiere al film un toque de ironía, el cual nace ya sea del contraste entre las declaraciones de Jagger, Richards o Watts y el momento presente como de la simpleza de las preguntas o la ingenuidad de las respuestas. Scorsese pone en paralelo estas imágenes en blanco y negro del viejo pasado y las contrasta con la vitalidad del presente en un escenario que vibra con los aguerridos sonidos y movimientos frenéticos de una banda que no da tregua alguna al espectador.

Pasado y presente contrastados. El duro ascenso hacia el éxito en el pasado y el presente triunfal que ahora se celebra con generosidad. Y aquí aparece un tema fundamental de la película - el paso del tiempo- tema que es también preocupación de El Último Rock. Pero, mientras allí la reflexión se centraba en cómo el tiempo y el camino habían acabado con muchos, y, por ello mismo, The Band optaba por el retiro (“el camino es una forma de vida difícil de soportar”, expresaba Robertson en los tramos finales del film), en Shine a Light, el paso inexorable del tiempo se deja notar en los rostros surcados de arrugas, en esos brazos donde las carnes empiezan a mostrar flacidez, en esos resoplidos de alivio de Charlie Watts al término de ese tour de force que es All Down the Line, pero aquí no hay rendición alguna. Hay, más bien, una suerte de intento de exorcizar la fatalidad.

Ya en algún momento Scorsese lo precisa mostrando a Ronnie Wood con su taco de billar. Al golpe que da sobre las bolas de billar le sigue el título del film Shine a Light, que significa brilla una luz, a diferencia de lo que sucede en El Último Rock donde al golpe del taco, la bolas se dispersan en diferentes direcciones en clara alusión metafórica al The Band que ha decidido no actuar más como grupo y sus miembros están prontos a partir cada uno por su lado. Jagger y su baile permanente, incansable; Richards parándose firmemente con la guitarra en ristre abrazándola o acariciándola amorosamente; Wood con sus gestos payasescos y su virtuosismo en la guitarra rítmica y Charlie Watts con su toque certero en la batería renuevan en cada concierto esa juventud que aún pervive en esos cuerpos tan deteriorados por el tiempo, el alcohol y las drogas. Shine a Light es una película sobre el tiempo que pasa, pero es también un canto a la vida, a la existencia, a la supervivencia. Y cuando pensamos en ello viene a nuestra mente el Madadayo (1993) de Akira Kurosawa, aquel film en el que el viejo profesor se reúne con sus alumnos cada año, y cada año los alumnos le preguntan si está listo para partir y él, bebiendo su vaso de cerveza grita “Madadayo”, que significa “No aún”, con lo cual quiere significar que la muerte puede estar cerca, pero que la vida aún continúa.

Para los Rolling Stones la vida aún continúa, y cada concierto, tal como lo muestra Scorsese no es otra cosa que la celebración jubilosa de esa existencia. Tras el Satisfaction que pone punto final al concierto, y cuyos largos travellings privilegian los movimientos desaforados y vibrantes de Jagger, la banda sale del escenario y en los pasadizos encontramos una vez más a Scorsese y a sus cámaras que registran la despedida de la banda. Scorsese ordena con apremio el plano final: up, up (arriba, arriba). Sí, la cámara hacia arriba, que se eleve, hacia el cielo, hacia el infinito. Abajo, las luces de la gran ciudad perdiéndose en el horizonte. Entre el cielo y la tierra, imaginamos, brilla una luz que recuerda una leyenda…había una vez una banda que se llamaba The Rolling Stones….


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(1) Directores de fotografía de El Último Rock. En esa ocasión, la batuta estuvo a cargo de Michael Chapman.