NINE INCH NAILS en el PEPSI MUSIC 2008
UN HALO POTENTE, ALUCINANTE Y ESTREMECEDOR
Luego de presenciar este show único en su especie, quedé sin palabras, y sigo sin ellas. Ni recurriendo a un diccionario puedo encontrar los adjetivos, sustantivos y verbos que necesito para describir lo que vi, lo que degusté, lo que me impresionó.No solo hubo potencia roquera (“March of the pigs”, “Closer”), electrónica demencial (“The Warning”), calma absoluta (“zero-sum piano outro”) o efectos cinematográficamente futuristas (“The Vesse
l”). También, hubo, ¡Oh Dios mío!, encuentros con “otros mundos”, porque nadie podrá refutarme que lo que se vio en “Only” pertenece a otra dimensión: una pantalla gigante delante de los músicos, vista como un televisor que no capta señal, en estática, donde se forman agujeros negros cada vez que Trent Reznor (genio abosulto) canta, dejándose ver detrás de esa difusa manta. Nadie, absolutamente nadie, fue indiferente a esta demostración de poder sobrenatural.
Alberto Fuguet en su blog da algunas razones para ver un concierto de NIN. Después de haberlos visto aquí en Buenos Aires, durante dos horas, con el riesgo de una fisura en una de mis costillas, me permito agregar una razón más: VALE LA PENA VER A NINE INCH NAILS PORQUE PUEDES VIAJAR AL MÁS ALLÁ Y VIVIR PARA CONTARLO.
HENRY FLORES
"the vessel"-Pepsi Music 2008:
"only"-Pepsi Music 2008:

















Ciertamente, una crisis creativa ha estado afectando al gran Marty, que le impidió encontrar la inspiración necesaria para reeditar aquellos esfuerzos que lo condujeron de manera admirable a la creación de universos inolvidables y excesivos en los cuales sus personajes oscilaban entra el humor y la anarquía, la contención y la violencia.
Pero ese gusto por la música pronto se manifestaría en sus propios filmes trabajando sobre la banda sonora. Nunca olvidaremos ese momento de Calles Peligrosas en que Johnny Boy, la primera aparición de De Niro en un film de Scorsese, entra en ‘ralenti’ al bar que administra Tony, el otro protagonista del film. El Jumping Jack Flash de los Stones suena grandioso, pero también inquietante, define al personaje y crea una atmósfera especial. La música en Calles Peligrosas cumple una función vital, pero también es el reflejo de aquel viejo recuerdo de su Little Italy al compás de aquellos acordes que sonaban por sus calles. Este film, impregnado de la violencia vista o vivida, es sazonado con esa música italiana que servía de fondo a los turbios negocios de los pequeños o grandes mafiosos que poblaban el lugar, pero también el rock servía de marco a la dura aventura cotidiana de la supervivencia en ese pequeño mundo de los ítaloneoyorquinos. Be my Baby, Tell me, Jumping Jack Flash o Please, Mr. Postman sonaban en momentos claves de un film que ya anunciaba al Scorsese apasionado que pronto nos sería familiar.
El encuentro con Robbie Robertson llevó al buen Marty al disfrute de una nueva y feliz colaboración con el guitarrita de The Band: la banda sonora de El Color del Dinero (Color of the Money, 1986), suerte de continuación de El Audaz (The Hustler, 1961, Robert Rossen). Una historia de aprendizaje, de farsas y engaños y una visión penetrante de los comportamientos humanos en ese universo competitivo e implacable de los jugadores de billar. Robertson seleccionó para el film una música exquisita que iba desde el Va! Pensiero de Verdi hasta el It’s in The Way That You Use It de Eric Clapton.
No Direction Home, el soberbio documental de Scorsese sobre el Dylan de los sesenta, no hizo sino ratificar la estrecha relación del cineasta con el mundo de la música y sus protagonistas. Algo más para concluir esta sección: Scorsese es quien mejor ha filmado a Dylan en el escenario, es el único que ha accedido con inspiración al mundo de The Band, dando el mejor testimonio de la amplia paleta musical norteamericana , y es el que mejor ha hurgado en los predios íntimos de un artista contemporáneo y difícil como es Bob Dylan.
Sympathy for the Devil (1968) es ya otra cosa. Se trata de un film realizado por Jean-Luc Godard, el más subversivo de los cineastas de la Nueva Ola francesa, y también, quizás, el menos accesible. Sympathy…es un film en el que podemos ver en secuencias alternadas, a los Rolling Stones en pleno proceso creativo del tema que da título al film, a los Panteras Negras que, con las armas en la mano, parecieran estar en disposición de entrar en combate, a una librería en donde es posible adquirir comics o panfletos marxistas y donde, irónicamente, se ejecuta el saludo nazi. Godard hace en este film ensayo un repaso por todos aquellos tópicos que le preocupaban en ese momento y que la canción, -el diablo ante la obra maldita de un mundo en disolución- aludía de una u otra manera. Para Godard, los Stones y su rebeldía iban a tono con los agitados tiempos en el que se movían.
Let´s Spend the Night Together (1983) es una nueva incursión de los Stones en el cine, gracias al empeño –no siempre logrado- de un cineasta cuya valía quedó demostrada en filmes como El último Deber (The Last Detail, 1973) o Esta Tierra es mi Tierra (Bound for Glory, 1976), film este último dedicado a recrear la vida del cantante folk Woody Guthrie. Nos referimos al eficiente Hal Ashby, que intentó recuperar para la posteridad a los Stones en el escenario durante su tour por América en 1981. Un momento logrado: Let it bleed, donde las cámaras de Ashby se esmeraron y obtuvieron unas formidables imágenes de conjunto con un Jagger, guitarra en mano, inspirado. Y lástima, el Time Is On My Side iba por buen camino, pero súbitamente, Ashby, lo echa a perder al intercalar imágenes de archivo de los Stones y del contexto violento en el que surgieron rompiendo la estructura y quedando el documento como una isla en medio de todo el film. De todas maneras, Let’s Spend… llega a ser un documental rescatable que muestra al fenómeno Stones en su medio: el espectáculo, las multitudes.
Si bien Shine a Light se inicia como el documental de un director que pasa una serie de apremios para poder captar al objeto de su arte, luego, ese objeto se apodera del espacio y reclama su contemplación. Scorsese bien lo sabe. No hay trampa alguna en ello. Pero quiere darnos su testimonio, antes de que la primera canción haga burbujear la sangre de los espectadores dentro del Beacon Theatre de New York como de aquellos que verán las imágenes de su película allí donde sea estrenada.
Sabemos la estrecha relación de Scorsese con la música y sus intérpretes desde los momentos inaugurales de su carrera cinematográfica. Luego de su notable No Direction Home, y su declarado interés en seguir por la senda del documental musical, no era muy difícil hacer conjeturas acerca de quién podría ser el protagonista de su próximo film. The Rolling Stones siempre estuvieron presentes en sus películas; era, por tanto, explicable que intentara perennizarlos en imágenes, no a la manera de un Dylan, por ahora más expresivo, más abierto y más dispuesto a dar luces respecto a un pasado en el que la ficción y la realidad se han confundido a plenitud, pero sí a través del quehacer de su arte en el momento mismo de su ejecución.
Hay, pues en Shine a Light muchos momentos privilegiados, pero si tuviéramos que escoger un segmento del film, nos inclinaríamos por el correspondiente a Champagne & Reefer, un tema del viejo Muddy Waters: allí, las sonrisas cómplices de Keith Richards, Ronnie Wood y Buddy Guy son captadas maravillosamente por la cámara, la concentración y mirada expectante de Buddy Guy mientras pulsa las cuerdas de su guitarra captadas en un hermoso primer plano del viejo bluesero nos pusieron la piel como carne de gallina y nos transportó a esos grandes momentos de acentuado lirismo de El Último Rock. Y aún seguimos fascinados con el recuerdo de los singulares planos de conjunto del mismo bluesero y la banda, con un Jagger integrándose a ellos como un músico más, mientras responde con la armónica a los desafíos virtuosos de uno de sus maestros. Jagger dejó, de pronto, de ser el clown, el showman. Se transformó en el músico hechizado y sometido a la belleza de la música. Y por ello se entregó con toda su alma a sacarle los más hermosos sonidos a esa armónica que nunca sonó más dulce y más melancólica como en aquel momento. Allí, qué duda cabe, el cine y la música volvieron a reinar.
Jagger y su baile permanente, incansable; Richards parándose firmemente con la guitarra en ristre abrazándola o acariciándola amorosamente; Wood con sus gestos payasescos y su virtuosismo en la guitarra rítmica y Charlie Watts con su toque certero en la batería renuevan en cada concierto esa juventud que aún pervive en esos cuerpos tan deteriorados por el tiempo, el alcohol y las drogas. Shine a Light es una película sobre el tiempo que pasa, pero es también un canto a la vida, a la existencia, a la supervivencia. Y cuando pensamos en ello viene a nuestra mente el Madadayo (1993) de Akira Kurosawa, aquel film en el que el viejo profesor se reúne con sus alumnos cada año, y cada año los alumnos le preguntan si está listo para partir y él, bebiendo su vaso de cerveza grita “Madadayo”, que significa “No aún”, con lo cual quiere significar que la muerte puede estar cerca, pero que la vida aún continúa.